Tú, ¡existes!.
Eres más que una amalgama
de recuerdos y memoria,
existes por encima de mí y de mis quimeras,
por encima de mis nostalgias,
sin importarte que sean grandes
o pequeñas, ó lindas, ó sucias
ó insipidas.
Eres una buena razon para que exista.
Dios debería formar parte de ti,
como forma parte de los vientos del Norte,
de las tristezas y las historias de piratas,
de los cálidos vientos del Sur,
como abre mis sentidos y mis ojos
a la profundidad de tu escote.
Es cierto que Dios existiría.
Sería como tú,
¡tan transparente!,
¡tan inmenso como la luz!,
generoso como tus pechos.
Debería ser agradecido
como tu cuerpo,
abandonado a la incertidumbre
de la palabra perfecta.
La palabra que le resume,
que me recuerda a ti.
La palabra que no me atrevo a nombrar
por miedo a que abras los ojos,
y me encuentres boquiabierto y desnudo,
pensativo, susurrando los vocablos
que iban a encerrar tu perfección.
¡Perfecta…! ¡Oidla!
¡Ordenad a los vientos que la busquen!.
¡Ordenad a los ríos que la naveguen!.
Qué despierten de su letargo,
que te despierte a ti,
para que puedas escucharla,
¡cómo resuena grande!, sin tú saberlo,
sin adivinarlo siquiera,
¡cómo resuena honda tras de ti!,
como parte de Dios y del paraiso.
“Dios debería existir si tú existes”.
De la palabra perfecta - 2008




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