Tuve un sueño de nácar.
Soñaba que lanzaba mis redes,
mar adentro,
hacia ti.
Era pescador…
Era…
¡el Navegante voraz!.
El buscador de Estrellas,
el pintor de señales, el cartógrafo
de cientos de mapas,
en rumbo a tu firmamento…
Y tuve, ciertamente, a mi pesar,
cien soledades y mil fallecimientos,
y ahogábanme mas los cien pesares
que las miles mas en que yacía,
en tierras del sagrado camposanto,
la quietud de mi cuerpo muerto.
Tuve un sueño de nácar.
Bueno… Lo dije ya…
Soñaba inmenso el Océano.
Las olas nos zarandeaban.
Y la linea del horizonte trazaba
en el pálido y enfermizo cielo
una arcada fulgente de plata.
No habían tigres feroces,
no los habían,
ni puentes de tibias tristezas…
Habían caracolas, y ninfas.
Habían cocoteros e islas,
Habían musas somnolientas,
tan aburridas y tan coquetas.
Y como siempre,
en el centro quedabas tú,
Presa en la extendida red.
Un hada frágil de cristal,
que nunca derramó
una minúscula lágrima.
No podemos cambiar el mundo…
Nagamani.
Solo nos queda esa desnudez,
la sencilla desnudez de la palabra.
De la desnudez y la Eternidad
III-El pescador.