Amo el campo al atardecer
cuando el silencio sobrevuela todo el valle
y cubre los árboles con un velo acariciante,
devolviendo la vida a las hojas
tras la despedida del sol que las ha torturado todo el día.
Los pajarillos pían sin cesar, vuelan bajo, sin miedo,
picoteando las ramas de los naranjos,
llegando al suelo para recoger migas invisibles a mis ojos,
provocando a los perros que saltan
-¡tontorrones!-
como si pudieran atraparlos.
La fuente deja escapar el agua
bajo los pies de la Virgen del Carmen,
cae con rítmica sonoridad
sobre un par de ranas montadas
en unas inverosímiles bicicletas,
un sapo gigante con cara de bobo
y las piedras, blancas y redondas,
recogidas en las playas de Altea y Villajoyosa.
No me gusta tender en la solana, lo hago a estas horas,
cuando el véspero acaricia el campo con el aire fresco.
Cuando recoja las prendas mañana
guardarán el perfume de las estrellas y la pureza de la luna.
Me siento en el banco que mira hacia la sierra
y me conforta la humedad que exudan los azulejos;
los perros se echan a mis pies
guardando un respetuoso silencio a la tarde sosegada;
disfruto de la claridad que se pierde con cada golpe de parpadeo
y la penumbra que se desliza sinuosamente;
el cielo pierde la luminosidad y la luna hace su aparición
desempeñando su papel protagonista en la noche que acecha.
En un mágico atardecer en el campo,
la soledad y el silencio matrimonian
con el sosiego mental y la paz espiritual.
Vaciar la mente
dejar volar los pensamientos
expulsar problemas…
Unos minutos de serenidad que sirven para tomar fuerzas
y sentir que todo, menos la muerte, tiene solución,
por mucho que nos empeñemos a menudo
en ver “gigantes” donde sólo hay “molinos”.
Lun15jun09